



Un espacio para dialogar sobre el arte.




Proyecta en el piso de una plaza pública gente hablando, que parece surgir del suelo cuando un transeúnte cualquiera pisa por donde están (sin ser algo al azar). Las proyecciones de estos locutores mudos e inmateriales sólo son visibles cuando los espectadores se ponen frente a ellos y sus sombras contrastan con la proyección, así se resalta la luz de la imagen y se hace visible a contra sombra. En realidad, los sensores predicen por dónde pasará la gente y activan en un punto la proyección del personaje en el suelo frente a su paso.
Así el espectador contribuye a que la obra exista.


La melancolía schubertiana se manifiesta en torno al misterio de su "Inacabada" sinfonía no.8. El año en que la compuso, 1822, descubrió que había contraído sífilis. En esta época sus obras poseen un tinte melancólico y sombrío. Fue en estos años cuando puso música al poema "The Death and the Maiden" escrito por Matthias Claudius en un cuarteto de cuerdas. El segundo movimiento es mi favorito. La fuerza de los violoncellos parecen tocar un tango entre el Eros y el Thanatos. Los violines representan la voz de la Doncella, mientras que la viola y el violonchelo la de la Muerte. Terriblemente bello.

Edvard Munch, "Death and Maiden", 1894.The Maiden: "It's all over! alas, it's all over now! Go, savage man of bone! I am still young - go, devoted one! And do not molest me."
Death:
"Give me your hand, you fair and tender form! I am a friend; I do not come to punish. Be of good cheer! I am not savage. You shall sleep gently in my arms." 
Toda mi vida me negué a aceptar con A mayúscula llamar "Arte" al arte contemporáneo.
No entendía cómo podía ser una revelación estética un mingitorio o un excremento enlatado.
Ahora sé que todo depende del discurso que le dé el artista a sus obras, y que este discurso sea legitimizado por la institución museística. Sin embargo, aún hoy en día, me sigue costando trabajo usar la A mayúscula para lo que no sea Arte tradicional. Pienso que lo que hoy entendemos por arte contemporáneo son más bien lo que el "artista" construye como dispositivos de activación de experiencias.
Hace una semana fui al MUAC (Museo Universitario de Arte Contemporáneo) en la UNAM, frente a la Sala Nezahualcóyotl. Por requisitos de calificación para mi materia de Estética tenía que ir a ver la exposición de Cildo Meireles, artista brasileño contemporáneo.
Cildo Meireles, con su postura postmodernista, cuestiona los valores modernos sobre lo absoluto de la ciencia y los sistemas en los que el hombre pretende ordenar y controlar el mundo en el que vive. Al cuestionar esos criterios, el artista provoca en el espectador desorientación y desnudez ante lo novedoso, para volver a experimentar elementos que conoce de su realidad pero con otras formas de relación, partiendo del cuerpo y no de lo dado por una teoría positivista.
Lo que más me llamó la atención de esta exposición fueron las instalaciones donde el cuerpo se relaciona con la obra. A esto llamamos los Académicos: Instalaciones. Cada una de ellas parecía un juego que cuestionaba las percepciones que el sujeto tenía por supuestas mientras vive en su cotidianidad.
Las obras de Meireles pretendían sacar al espectador de la rutina para despertar en él nuevas sensaciones, dejarlo experimentar con algo que no encontraría en su realidad cercana. De esta manera las instalaciones funcionaban como juegos de interacción para generar experiencias estéticas, para hacer a través de ellas sensible al espectador ante sensaciones nuevas que pueden hacerlo mirar su mundo con otra mirada.
Si en la obra Volatile no hubiera estado de antemano prevenida sobre el olor a gas que llena la habitación donde hay una vela encendida y si esta instalación no hubiera estado bajo las condiciones controladas que brinda un museo, sí habría experimentado el terror de morir en una explosión. Contrariamente, la artificialidad del ambiente me relajó y me hizo concentrarme más en las sensaciones que experimentaba con mis pies descalzos sobre el suave suelo de talco. La tenue luz de la vela, la oscuridad y el silencio me transmitía tranquilidad y una sensación de paz.
Desvio para o Velmelho, una instalación que consistía en una habitación cuyos muebles y adornos eran todos de color rojo y donde se cuestionaba el valor simbólico de este color, me hizo sentir incómoda y recorrer el espacio rápidamente hasta llegar a la esquina que llevaba a otra habitación. En el suelo una pequeña botella manaba una mancha roja de plástico petrificado que crecía conforme se perdía en las tinieblas. Aquí el artista cuestionaba en el espectador la relatividad del contenido de líquido que supera la capacidad de volumen de la botella. Pero si a esta pequeña pieza se relacionaba con la siguiente, el discurso era completamente distinto. En esta habitación oscura, mi paso
era lento, contrario a lo que experimenté en el cuarto rojo. El suelo y las paredes pintadas de negro lograban la ilusión de no estar en un espacio material. Al fondo, algo luminoso y en movimiento: un lavabo blanco que dejaba correr el agua, teñida de rojo y salpicando lo que me pareció que pretendía ser sangre. Mi sensación ante esta obra fue de curiosidad y... también algo de miedo. Sin embargo, me parecía que ese lavabo era hipnotizador.

El laberinto Através me pareció una oportunidad divertida, como un juego en el que se enfrenta al peligro con los pies pisando pedazos de vidrio roto. Me pareció interesante que los muros que conformaban este laberinto fueran translúcidos, transparentes, algunos de plástico, otras de material de redes, otras una pecera con peces de cuerpo transparente nadando. Donde el cuerpo no accedía, la miraba traspasaba los espacios hasta llegar al centro donde había puesto el artista una gigantesca bola de celofán, papel que asemeja el vidrio, pero que es maleable y no hay peligro de cortarse. El paso por esta instalación provocó en mí una sensación de libertad, como cuando se experimenta hacer lo que en otros tiempos y lugares estaría prohibido, como lo es romper los vidrios y traspasar paredes.

En Eureka / Blindhotland me pareció extraño que la balanza se inclinara por el peso de dos barras de madera que formaban un signo de + que en el otro platillo donde había dos maderos del mismo volumen haciendo un signo de =. La obra cuestionaba lo que el espectador supondría como evidente. Así también, varias pelotas de hule rodeaban la balanza. Todas eran del mismo color y textura, pero al sostenerlas el espectador se sorprendía de encontrar a unas pesadísimas y a otras libianas. El sentido de la vista es cuestionado como la forma más absoluta de conocer, pues este sentido ha primado sobre los otros en nuestra cultura occidental para bien o para mal.
La obra Fontes cuestiona los sistemas de mediciones que el hombre hace sobre el tiempo y el espacio. El espectador camina en un laberinto de reglas suspendidas del techo que forman una espiral. Conforme se va avanzando, el camino se hace más estrecho hasta que el espectador es “devorado” por estos instrumentos. Hasta este momento
suscitó en mí una tensión marcada por los insistentes sonidos de tic-tac que provenían de los relojes de la pared, cuyos números y orden estaban desordenados. Los tic-tac y las reglas devorantes me obligaron a romper las supuestas barreras de la espiral para poder respirar... Pienso que estas formas de hacer medición son relativas, ya que el hombre cuenta con su cuerpo para relacionarse con el tiempo en el que respira y con el espacio en el que se mueve.











Aquella invención de Marcel Duchamp no fue una obra de arte en sí misma, sino la ocurrencia de la activación linguística como método de desplazamiento de cualquier objeto de la vida cotidiana al concepto de que ese objeto podía convertirse en arte por deseo del artista.
El ready-made nace entonces como el primer sistema conceptual, al cual había de aplicarse un criterio semiótico usando un sistema mixto de signos, combinando la palabra con el objeto pre-elaborado (es decir, existe una cancelación del acto plástico de parte del propio artista).
La trascedencia de la invención del ready-made gobierna hoy en día los estatutos del arte conceptual contemporáneo.
Duchamp activó el primer ready-made con la palabra por el año de 1913.
No tuvo que hacer ninguna intervención, esfuerzo o modificación del objeto. Simplemente lo "bautizó" y con eso lo diferenció de los demás objetos comunes y corrientes. Aunque el título, o el nombre que se le da a un objeto, no opere en la obra ni cambie su función, Duchamp incluía un juego de conceptos con la palabra con la que nombraba al objeto.
Con "In advance of the broken arm" ("en previsión del brazo roto") Duchamp bautizó a una pala de nieve. Curiosamente, Duchamp llamó a su "obra" un ready-made: es decir, se apropió de un objeto cotidiano, ya prefabricado, nombrándolo.

Es necesaria para el ready-made la presencia de una entidad linguistica, es decir la palabra (su sonido o fonética mas la escritura o grafía) adherida a un objeto cotidiano.
Como ejemplo histórico está el "escurridor de botellas", en francés "egoutoir". La palabra francesa tenía un doble sentido dado por la homofonía de su pronunciación, pues la misma palabra "egouttoir" significaba también objeto de mal gusto. Duchamp nombró al objeto con este segundo sentido, logrando así el juego de conceptos mencionado.

Ha de tomarse en cuenta que en el ready-made no sólo se trata de la obra plástica, sino destacar la importancia de los juegos de palabras, transliteraciones y retruécanos que muchas veces se encontraban presentes en los títulos de las obras de Duchamp, produciendo una multiplicidad de hilarantes lecturas o reflexiones contingentes.
Cómo "activar" un ready-made...
Un ready-made no se construye, tampoco existe una intención, esfuerzo o modificación del artista sobre la obra. Un ready-made se "activa" con el acto más primitivo de la historia del mundo: al ponerle un nombre. Según Pierre Cabanne, se trata de "bautizar al objeto en la religión del arte". Con la imposición de un nombre surge un efecto de apropiación e identidad del propio objeto, que lo diferencia de los demás. Es un acto tan sencillo como el ponerle un nombre a una mascota.
La activación hace posible la apropiación de la obra de arte a través del lenguaje y la mente, reitero: el artista activa la pieza primero poniéndole un nombre. Dentro del nombre se pueden contener juegos de palabras que aporten significados innovadores al objeto, además de otorgarle un sentido lúdico y de generar variadas interpretaciones en la interacción con el público, según la intención del artista.
Conclusiones
Existe otra "lectura" de la obra de Duchamp, y, por inclusión, de todo el llamado "arte moderno": Toda esa obra es una burla al espectador, carente por completo de significado de ningún tipo. Sin embargo, el ready-made se analizó más bien como una fuerte crítica a la institucionalidad y el fetichismo de las obras de arte sacralizadas en los museos, así como también la divinización de la vocación del artista (e irónicamente, el ready-made terminó siendo un objeto de fetiche artístico y Duchamp un ídolo de artista).
La propuesta del ready-made permitió una apertura a la apreciación plástica de otros objetos que también podrían ser arte, independientemente de quién los fabricara o de lo que fueran. Sin embargo, la formulación del discurso tras el objeto será lo que apele a ese objeto como artístico.
La idea ready-made de Duchamp procede de ideas e intenciones no gratuitas que surgieron de sus notas, manuales, bocetos, diagramas y demás escritos ya antes deliberados en una profunda reflexión. Sus testimonios afirman una planeación analítica y calculada, encaminada a la gestación de un lenguaje distinto de los ya propuestos previamente, con la intención de llevar a cabo la modificación de paradigmas culturales.
Bibliografía recomendada:
Cabanne, Pierre. Duchamp & Co., London: Pierre Terrail, 1997.
Mink Janis. Duchamp., Madrid: Taschen, 2002.
Tomkins, Calvin. Duchamp., Ed. Anagrama, 1996.